Ella

-¿Puedo? – pregunto a los médicos que la atendían.
-Adelante.
Una gran tormenta cubría el cielo rojizo. Un cielo cargado de nubes pesadas. La noche era iluminada por rayos que surcaban el cielo. Cada vez que esto acontecía se veía una gran selva abajo.
Era una selva completamente oscura y tenebrosa. El agua caía como cataratas que no permitía ver ni medio metro. Un tronco de un viejo abedul cortaba el camino. La frondosidad del bosque era tal que a cada minuto debía desviar las hojas de los grandes árboles milenarios.
Una niña temblorosa, toda sucia por el barro, joven, no poseería más que 20 años, se encontraba acurrucada sobre el tronco de un gran ciprés. El agua caía por su rostro enjuto. Las gotas golpeaban ese rostro pálido y languiducho sacando parte del barro de la cara. Se tomaba las rodillas con sus manos y tiritaba de un aparente frío, pero era más miedo que lo que me parecía al verla.
-¿Quién eres?
-Saúl – vengo por ti en nombre del Señor.
Me siento a su regazo y la abrazo tiernamente de su hombro. Su cara, que denotaba debilidad, cae sobre mis hombros y cierra sus ojos.
El suelo parece poseer vida propia, ya que el agua hacía que éste se desplazara colina abajo. Una catarata de barro se movía como tierra cenagosa.
Cuando esto acontece, sobre nuestras cabezas un cielo azul y de pocas nubes se abre. Fuera de ese círculo, la tormenta arremetía con todo.
-Mira.
Cuando ella lo hace, una luz ilumina el lugar donde estábamos protegiéndonos.
-Nos evaporamos.
Los síntomas del temblequeo del cuerpo, habían cesado. Ahora los médicos la atendían.
-Gracias –me dice uno de ellos.
-No hay por qué. –Contesto.
Ella había fallecido hacía mucho tiempo atrás y no habían podido curarla, sufría de catalepsia severa que quienes la atendían no encontraban su cura. Había logrado entrar en la causa de su enfermedad y sacado de la misma.

-Saúl –Mi señora me sacudía. – De nuevo en las nubes. – Despertá.