El ser del averno

-Vamos, he dicho fuera de aquí – el pobre hombre iba caminando entre el gentío, que a esa hora acostumbraba a existir pese el calor agobiante. No era que éste fuese tal, sino que la humedad que al llegar al 100% no permitía respirar más que una bocanada de aire caliente.
Un ser de apariencia pseudo-humana, pues se erguía en sus dos pies, poseía una armadura de hierro forjado en el mismo averno. Parecía de forma humana, pero solo superficialmente ya que por debajo de la misma, un dinosaurio existía. Pero dado el camuflaje que poseía adquiría esa apariencia, de unos cercanos dos metros de altura. La coraza que cubría la cara no permitía ver más que sus ojos rojos. De los mismos brotaban chispas.

-Vamos, he dicho fuera de aquí. Un ademán de su mano diestra partió. No era que fuese un viejo, tendría unos treinta y tantos de edad, pero la falta de higiene y su ropa andrajosa, hacía que la gente lo desviara. Los moscones surcaban esa cara bañada de penurias, harto tiempo con él.
Con la cola, zizaguenado para un lado o para el otro, una zancadilla le hizo haciendo trastabillar al hombre. Una botella de vino barato, vuela por los aires, y este se toma de un tronco de uno de los árboles que tanto hacían de esa avenida, fuere lo que fuere.
La mano del menesteroso toma del pescuezo del ser del averno, haciéndolo girar sobre si cayendo de costado. De su otra mano extrae el corazón del ser malévolo. Muriendo al instante.
-Ya, ya – una voz penetrante azota el cerebro del humano.

Los hombres que por la acera atinaban a pasar en su momento, comentan:
-Que asco, que asco. Lo desvían como si una peste poseyera.
Una mujer atraviesa el cuerpo del ser del averno en el instante que el menesteroso le extrae su corazón, y al esto acontecer, desvía su cuerpo, mirándolo como si no fuese un ser humano:

-No me toque - atina a decir asiendo con más firmeza su cartera.