Un alma perdida

Sara, una hermosa morena, algo delgada pero no tanto como para que se pareciera un esqueleto. Hacía días que se encontraba perdida. De hecho me mandaron en su búsqueda. Sabía de fuentes fidedignas, que ella no estaría por la zona donde se suponía que tendría que merodear.
De jovencita dio que hablar por su belleza y gracia. Menudita de cuerpo, poseía ese encanto que la hacía brillar por donde ella cruzase.
La selva húmeda se localizaba en la zona tropical; su distribución geográfica estába limitada por la temperatura y la precipitación pluvial. Su vegetación era exuberante y forma hasta 6 estratos (herbáceos, arbustivos y arbóreos), el más alto de hasta 50 metros.
Cuando la encontré, ésta (Sara) se hallaba prisionera entre varias raíces de un gran árbol añejo, colgada a unos tres metros de altura. Estas le oprimían el pecho y la cabeza.
-Socorro, gritaba ella al tiempo que una de las ante-mencionadas le tapaba la boca.
Era una selva oscura, como nunca se había visto. Tan espeso el follaje que no permitía ver el cielo.
Vestido como guerrero samurai del medioevo en Japón, mi Katana salio a relucir y cuando hendía la misma en una de esas raíces-manos, un grito de ultra tumba salió del fondo de la selva
-¿Quién eres y que osas hacer aquí? Al tiempo que una raíz me expulsaba contra otro árbol que me tomó prisionero. Esta vez unas hiedras se me entremezclaron con mis pies y me jalaban para abajo.
-En nombre del Señor hágase la luz, por mi mente cruzó y la luz se hizo.
La hiedra que me jalaba, desaprecio al instante y con mi mano en “nombre del Señor” toqué las raíces que mantenían prisionera a Sara, liberándola.
Al ella abrazarme, me convertí en luz y caí de rodilla ante los pies del Creador Supremo. Sara a su lado.
-Puedes volver, hijo.

-Noo. Me encontraba en la cama del Policlínico luego de un mes en coma. Los médicos no daban crédito a sus ojos.
-Milagro, dijo uno. El osciloscopio que sustentaba la vida, comenzababa a emitir sonidos de recuperación.