Medianoche

Medianoche. Parecía que comenzaba a llover, pero el tiempo se encontraba un tanto antojadizo. Frío si había, era tal que calaba hasta la médula ósea. La calle, desabitada se hallaba. Algún que otro vehículo aparcado en la misma, pero ni un alma se veía. Para colmo la neblina se tornaba espesa, a tal punto, que de la farola de la esquina, no se veía más el halo lumínico de esta. La casa de los Smith, que a mitad de cuadra se hallaba, sobre la acera de enfrente, dos plantas poseía. Poseía un jardincito delante y estaba conformada por ladrillos a la vista. La única luz que ésta poseía, identificaba el ático, luego de la segunda planta.
-Mami, no me apagues la luz decía su pequeño retoño a su madre Lucía, una mujer menudita de unos treinta y tantos, ojos castaños oscuros y melena enrulada, con cara un tanto ovoide. El niño, llamado Marcos de 6 años aproximadamente, se encontraba en su cama tapado con frazadas y un acolchado.
-¿A que le tienes miedo? Su madre le dice.
-Al hombre del espejo.

El ático.
Sobre la pared de la izquierda, perpendicular a la puerta de acceso, la cama se encontraba. Era de hierro forjado, de la época en que la Bisabuela de Marcos vivía. Ella dejó el mundo terrenal, cuando el niño poseía 2 meses de edad. Dicen ser que fue por motivos de un ataque al corazón cuando manejaba la vieja Ford T. Pero eso es otra historia.
Sobre la pared que daba la cabecera de la cama, a su costado, hacía la puerta, una vieja mesa de caoba. El tiempo hizo de las suyas sobre la misma, ya que ni lustre poseía. Sobre su cabecera un viejo retrato familiar, que hasta traslúcido se parecía del lo añejo.
Del otro costado de la cama, sobre la pared que hacía cruz con la que la cama se apoyaba, un ventanal chico en forma rectangular, el cual en su parte superior terminaba con en V. Ese ventanal era el que daba sobre la calle desabitada.
La pared siguiente daba a los pies de la cama. Se encontraba pasando sus buenos 3 metros y medio de ancho desde la ubicación de la cama. En esa pared una estantería de juguetes había. Casi enseguida un ropero. En éste último un espejo en la parte delantera.

El hombre del espejo.
-¿A que le tienes miedo? Su madre le dice
-Al hombre del espejo.
-Eso no existe, su madre le dice. Le da un beso en la mejilla, y al salir del ático, mira por última vez al niño, durmiendo placidamente. Deja la luz del pasillo encendida, y se retira a sus aposentos. Los ojos del mismo, se parecen al de su bisabuela que en paz descanse, y la mandíbula al de su padre, que nunca llegó a conocer, sino fuera por los cuentos que su madre le propiciaba. Pero el carácter, eso si, lo heredo de su madre Lucía
Dicen que ésta última, la madre, se había casado con un militar, que en la época de la segunda Guerra Mundial, este falleció cuando aconteció “La batalla de Guadalcanal” en el Pacífico. Era una persona alegre y extrovertida. Siempre con amigos. Ahora ni la sombra de ese pasado, es. Para dormir necesita de pastillas, y cuando éste por fin llega, su sueño no es tan placentero como debiera ser.
Ya entrada a la madrugada, un hombre vestido con armadura y casco, con vestimenta estilo medioevo, se acerca a la cama.
-¿Quién eres? – marco atina a decir.
-Quien te viene a buscar.
-¿Dónde vamos?
-A un paseo.
El niño se diluye al cruzar el espejo, sin antes gritar por su madre. Lucía que comenzaba con sus pesadillas, de lo más profundo de su ser, escucha a su hijo y corre al ático, lindero un piso arriba de donde ella dormía.
Al abrir la puerta y encender la luz, la cama se encontraba vacía.
En el espejo una frase:
-Vendré por ti.

El mundo tras el espejo.
Parecía que comenzaba a llover, pero el tiempo se encontraba un tanto antojadizo. Frío si había, era tal que calaba hasta la médula ósea. La calle, desabitada se hallaba. Sale y entra del ático desesperada, grita en las altas horas de la noche –Marcos. Del espejo una luz rojiza comienza a aparecer. Al mirar a trabes de él, una gruta se ve. Ella cae dentro de ésta.
Lucía se encontraba en un camino serpenteante, hacía abajo. En el fondo había un gran valle. Los macizos rocosos cubrían ambos lados, a derecha e izquierda. El fondo, estaba conformado por colinas y elevaciones de bajo nivel. La superficie, estaba cubierta de lava. Del acantilado ubicado a la derecha brotaba una gran catarata, que emanaba lava sulfurosa. A la derecha, las rocas no eran lo que parecía sino que eran figuras cadavéricas, que gritaban –ayuda. Cada tanto caían del promontorio hacia la planicie, En el horizonte se notaba dos volcanes que emitían permanentemente lava y humo. El olor a azufre por todos lados.
-Marquitos, pensaba Lucía, -Dios mío, ayúdame.
Al dar la primera vuelta por ese camino, dos perros cimarrones, se interpusieron en su camino. Eran negros, con rojos, por sus bocas emanaban volutas de humo.
Cuando atacaron, Lucía extiende la mano izquierda. Una luz potente emana desde sus dedos, desintegrándolos.
Nota una gruta en la pared, cuando desde el piso del acantilado unas manos esqueléticas las quieren jalar hacia abajo. Su cuerpo se cubre de un manto de luz, haciendo que estas desaparecieran en la roca del acantilado. Mirando hacia el valle unas Pterodáctilos sobrevolaban la escena, lanzando bocanadas de fuego por su boca.
Una gran bóveda, cubierta de cuerpos que se retorcían. Cada tanto desde las piedras, se asomaba algún que otro esqueleto. Caía gritando a una gran olla hirviente. El camino de piedra bordeaba las paredes cóncavas hasta llegar al fondo donde el gran caldero se encontraba. Tres seres, de forma humanoide y cuatro alas, vestidos de negros, ojos cadavéricos de un tinte rojizo, revolvían sin cesar la masa de burbujeante de seres penando. Por un lado un codo y se volvía a meter, por otro una cara en forma de esqueleto, con un rictus en la misma. A lo altos los Pterodáctilos sobrevolaban.
Lucía se da vuelta –Marcos, Marquito mío, por Dios ayúdame a encontrarlo.
Cuando sale y sigue su peregrinaje hacia abajo, un ser, de forma humanoide y cola de dinosaurio, cubierto de una coraza negra y una máscara de hierro. Se le presenta y saca una espada. A su costado, de fondo la planicie que sobrevolaban guerreros en aves de rapiña.
-¿Quién eres? Dice y arremete contra ella.
Cuando va a hacer contacto contra su físico, esta salta por sobre su cabeza. Y desde atrás una patada a la espalda le propicia, desestabilizándolo.Con la otra mano le hace girar y caer sobre el camino serpenteante de costado hundiéndole los dedos en su pecho. Es así que sacándole el corazón, este ser muere. Una puerta metálica se encontraba cerrada con candado. Ella se las ingenia como ingresar.
Era una habitación en forma cuadrada donde dos seres como los mencionados, infligían tortura a su querido Marquitos. La pieza no tenía ventanas sólo habían colgadas de la mano cadáveres que se retorcían en la mazmorra.
Su marquito se encontraba en el potro, antiguo sistema de tortura que estiraban a las almas hasta desconyunturlas. Luego todo comenzaba de nuevo para ellas.
-Alto!!! Grita su madre.
Esos seres, se giran al únísono, y el que esta más cerca ataca. Desde la comisura de su nariz volutas de humo brotan. Desde los ojos, brotan chispas. Ella se defiende usando una espada y un escudo. Cuando lo derriba le hunde una la espada en lo más profundo de su caja toráxico, desintegrándolo. Los otros luchan pero no fueron rival para su madre. Logra así sacar a su Marquito de donde estaba. Un haz de luz se forma a su alrededor, desvaneciéndose.

Medianoche. Parecía que comenzaba a llover, pero el tiempo se encontraba un tanto antojadizo. Frío si había, era tal que calaba hasta la médula ósea. La calle, desabitada se hallaba. Algún que otro vehículo aparcado en la misma, pero ni un alma se veía. Para colmo la neblina se tornaba espesa, a tal punto, que de la farola de la esquina, no se veía más el halo lumínico de esta. La casa de los Smith, que a mitad de cuadra se hallaba, sobre la acera de enfrente, dos plantas poseía. Poseía un jardincito delante y estaba conformada por ladrillos a la vista. La única luz que ésta poseía, identificaba el ático, luego de la segunda planta.
Marquitos ya dormía placidamente en el ático.
-Bueno es hora, decía Lucía al tiempo que retornaba a su cuerpo físico. En el espejo de su dormitorio,una frase:
-Vendré por ti.