Los Henderson

La luz del semáforo parpadeaba intermitentemente, en el cruce de vías, cuando éste era azotado por una ráfaga de costado. El agua de la lluvia era tal que no permitía ver más allá del metro y medio. La carretera solitaria se encontraba. Un rayo a lo lejos ilumina la zona, una escena fantasmagórica se visualiza en un instante. Ni un alma en la carretera.

-Miriam dale apurate que llegamos tarde, le decía Juan su esposo, nervioso por el evento.
El vehículo sale de la cochera de su casa con un retraso de diez minutos de lo previsto.Toman al norte por la I20 hacia San Juan de Toledo, sito a veinte kilómetros de su hogar. Parecía que iba a llover pero hasta el momento, esto no se había dado.

Cuando el rayo iluminaba la zona, una nube blanquecina tapa el granero al costado del la vía a unos ciento y algo de metros al este. La casa de los Henderson al oeste, veinte metros del cruce de vías para el otro lado se hace ver. Por el efecto de la lluvia y la forma de los ventanales, como su puerta de ingreso, conjugaban para que dicha casa pareciera una cara con una risa macabra.

El vehículo de los Benavides, toma la primera curva para salir del pueblito perdido en las montañas, cuando las primeras ráfagas de viento azotan al mismo lateralmente ocasionando un giro inesperado, que el chofer hábilmente lo contrarresta.

La oscuridad es total en el cruce de vías. El silencio campea por la zona lindera al mismo.

Miriam, una mujer regordeta de unos treinta y tantos largos se terminaba de maquillar, mirándose a trabes del espejo retrovisor, mientras Juan comenzaba a aspirar una bocanada proveniente del cigarrillo que había encendido. Todo sucede cuando la primera ráfaga de viento imprevista se da.

No pasaron más de tres kilómetros por la carretera desolada, inusual a esa hora de la noche, cuando las primeras gotas de la tormenta azotan el ventanal frontal del vehículo.
-Me parece que hay lluvia para toda la noche, Juan le decía a Miriam. Esta revisaba en su cartera, donde había las servilletas de mano. Quería retirar una mancha del labial, que por causa de un bache en la carretera no había podido terminar con su tarea de maquillarse.

Al pasar la curva de San José, una baca se les mete en el camino, obligando al vehículo girar de costado, pero sin llegar a volcar. Queda detenido.
El corazón de Juan late fuertemente, baja la ventanilla de su lateral para ver que fue lo que obligo al vehículo salirse de su curso. Una ráfaga de viento se hace oír con fuerza.
Parece una voz.
-No llegaran al cruce de vias.
-¿Quién dijo eso?
-¿Miriam oiste?
Ella nada, con su mano izquierda sostiene el celular que el vehículo poseía y seguía hablando. Lo mira como si tal cosa.
-¿Qué…?
Juan retoma el camino.

Al comenzar a llegar al cruce de vías la lluvia arremetía contra el vehículo con tal fuerza y voracidad que tuvieron que disminuir su velocidad.

Hay una recta de unos doscientos metros desde la última curva y el cruce de vías, donde el coche se detiene. Se encuentra en un puente de madera donde el río San Juan bullía con toda su fuerza, y el agua corría por entre los maderos.
-Maldito lugar para detenerse el vehículo lo que me faltaba, piensa Juan.
Se baja del vehículo, en ese lugar perdido quien sabe donde.
El viento lo zarandeaba de un lado a otro. La luz del semáforo parpadeaba intermitentemente, en el cruce de vías, cuando éste era azotado por una ráfaga de costado. El agua de la lluvia era tal que no permitía ver más allá del metro y medio.
Cuando el rayo iluminaba la zona, una nube blanquecina tapa el granero al costado del la vía a unos ciento y algo de metros al este. La casa de los Henderson al oeste, veinte metros del cruce de vías para el otro lado se hace ver.
Una brisa helada y blanquecina se hace presente. Una cara fantasmagórica se hace presente. El vehículo se zarandea de un lado a otro y al agua del San Juan cae de punta.

-Te dije que no llegarías al cruce de vías.