El que nunca fué

Era una sala inmaculada, hermosamente bella. En el centro una mesa de operaciones. Las paredes sin rasgos distintivos, completamente blancas, así como el techo.

Sobre una de éstas últimas un gran ventanal. Tres hombres vestidos en túnicas blancas, alrededor de la mesa.

En ella, un bebe dormido se encontraba. El jefe de ellos, con la mano izquierda sobre el cuello de pequeño la pasó de izquierda a derecha. En el mismo, se encontraba enroscado una especie de cordón umbilical. Luego volvió a realizar el gesto de derecha a izquierda con la misma mano, al tiempo que con la otra la pasaba por su cabeza. La forma de pasar la mano derecha, fue desde los pelos incipientes, hasta su papada de arriba hacia abajo. El cordón desapareció.

El bebe abre los ojos y un hombre, que se encontraba sobre su regazo, lo lleva al ventanal, pasa a través de él.

Sus padres se encontraban. Hay una sonrisa de felicidad en ellos, la mujer lo toma en los brazos y se desplazan por el corredor en que estaban por el aire. Una puerta se abre, y una luz enceguecedora los baña.

María, se despierta sobresaltada de la cama. De una edad de 25 años, delgada, sin rasgos distintivos, salta de ella.

-Martín, Martincito, ella logra decir en voz ahogada

Hacía 36 horas que había perdido su hijo en el parto, cuando daba a luz. Se estaba reponiendo.