El anciano y yo

La canoa serpenteaba placidamente por el lago. La estela de la misma dibujaba su contorno a medida que esta se desplazaba por babor. Las ramas de los árboles golpeteaban la proa de la misma.

El hombre anciano remaba lentamente, sobre su costado una carabina de gran poder de fuego descansaba. El se encontraba en la popa.

Me acuerdo que iba en la parte de de la proa, mientras el anciano metía la pala del remo por el flanco de babor yo lo hacía por estribor. Al girar a babor suavemente depositaba la pala de mi remo paralelamente al agua, a su estribor.

-Shh, el anciano me dijo colocando suavemente su remo en la embarcación, y yo haciendo lo mismo, luego de dejar caer suavemente la última gota de la pala del remo sobre el lago.

La pequeña embarcación surcaba los últimos metros, mientras mi mano levantaba la maleza que nos cubría.

Baang, resonó sobre mis oídos y una voluta de humo salió del caño de la carabina. El carpincho cayó del barranco, mientras el anciano depositaba suavemente su arma sobre su regazo. Tomando el remo, lo introdujo a estribor suavemente, como si una mano acariciara suavemente la tez de un pequeño, pero firme induciendo a la canoa un pequeño movimiento hacia delante.

La horqueta de un árbol sostuvo por el cuello el animal, que ante mi vista, pareció desapercibida.

Luego de depositarlo sobre el piso de la pequeña embarcación, llegamos al pequeño embarcadero ya apagándose los últimos rayos del sol.

Ya siendo de noche, a la luz del farol, al frente de la choza nos preparábamos a cenar cuando mi cuerpo se distorsionó como si fuera nubes de humo.

Vuelvo sobre mi cuerpo, luego que el médico depositara por cuarta vez los electrodos en mi pecho, luego de observar con horror la línea que surcaba el aparato de sustentación de vida.

Este, ya se había dado vuelta y sobre mi cuerpo habían depositado una sábana blanca que cubría mi cabeza.

-Bip, bip, el equipo suena, los médicos no llegan a creer. La línea del osciloscopio comenzaba a adquirir forma.