El Ñacurutú

Me acuerdo un día de vacaciones, me hallaba en la Casa Quinta, la finca de veraneo que poseíamos en Rocha. La casa era de construcción rústica de dos plantas hecha de troncos y techo de paja.
Al entrar un gran estar, muy amplio. A su derecha se encontraba la cocina. Frente a la puerta sobre la pared opuesta, una gran estufa de madera, que acostumbrábamos cocinar, poniendo un brasero. Al costado de la pared de la cocina del lado del estar, una gran escalera de madera rústica. Allí los dormitorios, el de nuestros padres en la esquina derecha, en el medio el baño, y otro dormitorio siguiendo la línea del corredor. Al final de éste, el estudio de papa.
El corredor poseía una pasarela que cuando nos asomábamos, veíamos todo el estar, en el piso abajo.

-Cuidado, te va a jalar pa bajo el Ñancurutú. La voz sonaba grave.

El estar se componía principalmente por una gran mesa rectangular en el centro. Sobre la estufa de madera, se encontraban fotografías de nosotros. En la chimenea la cabeza de un gran jabalí cazado mucho tiempo atrás en una excursión de caza.
La casa se encontraba rodeada de árboles, que cubrían el frente y los laterales de la misma. Grandes ventanales poseía y teníamos luz natural desde temprano en la mañana hasta la tardecita, dada la ubicación respecto al sol.

-Cuando la luna llena, donde las Tres Marías, las estrellas del sur estén sobre el cenit.

Detrás de la casa de veraneo, un camino serpenteante que daba a la playa, que daba sobre el océano atlántico.
Disfrutábamos con mis amigos, andando en bicicleta por los caminos de tierra que daban hacia los médanos de la playa.

-El Ñancurutú, te va a jalar pa bajo.

Nunca le hacíamos caso al folclore que representaba el Ñancurutú, pues jamás habíamos apreciado en nuestra corta vida a que se refería el Ñancurutú. La gente de la zona, aquella que vivían todo el año, muy anciana por cierto, tenían anécdotas escalofriantes que nos reíamos como si fuesen cosas de viejos lugareños.

Esa noche de verano, la Tres Marías, las estrellas del sur, sobre el cenit se ubicaban.
Yo dormía placidamente. En el dormitorio, mi hermano se encontraba.
Siento que me jalan, de la cintura para abajo y como si fuese una aspiradora me voy disgregando en medio de la noche
-Socorro.

Me despierto en medio de la noche invernal, junto a mi señora en mi departamento en la ciudad. Ya soy un hombre con dos hijos: Manuel y Sebastián. Doce y nueve años respectivamente. Ana María, mi señora pregunta:
-Juan. ¿Qué te pasa?
Sentado en la cama y una gota de transpiración por mi mejilla izquierda digo:
-El Ñancurutú.
Voy al cuarto de los niños, Y éstos no estaban. Sobre la pared, escritos en sangre:

-Te dije que iba a venir.