Dicen que...

Es una noche de fantasía y misterio. El miedo y el terror vienen de la creencia de que los muertos regresan en esta noche a visitarnos. Es la Noche de todos los Santos.
El portal comenzaba a crujir, las telarañas de la puerta comenzaban a desprenderse, los muertos y los vivos se mezclarían al abrirse el mismo.
Se practicaba la adivinación; hadas, brujas y duendes atormentaban a las personas en el campo y los Druidas demandaban contribuciones de comida. Cuando llegaban a una casa demandaban un niño o una virgen para sus sacrificios a Samhain (éste era el regalo), pues creían que sólo el fruto del cuerpo podía ofrecerse por los pecados del alma. A cambio de lo que recibían, dejaban una calabaza con ojos en la que encendían una vela hecha de grasa humana para evitar que los demonios mataran a los moradores esa noche. Cuando alguien no podía satisfacer la demanda de los druidas, le hacían la "travesura" y le pintaban un símbolo en el frente de la casa y aquella noche los demonios mataban a alguien en aquella casa. En un de éstas eso no se dio.

Al día siguiente del hecho en cuestión, el diario local, en primera plana y en letras grandes escribió:

Confunden a una mujer ahorcada en un árbol con un adorno de Halloween

Feliz Halloween

Te dije que no iba a venir, comenta Juan a su compañero.

Va a venir, le contesta José en forma cansada.

La noche se hacía interminable, el frió calaba los huesos. Juan se frota las manos entumecidas. José saltaba de un lado a otro para entrar en calor.

No va a venir.

Si, que va a venir te digo.

José mira a lo lejos. Una figura aparece en el horizonte cubierto de neblina blanca.

Una Harley Davidson se perfila llegando de la nada.

Un cruce de caminos perdido en la niebla de la madrugada. Un perro aúlla a lo lejos.

-Prepárate, dice José a Juan. La moto en su venir se hace sentir cada vez más fuerte.

En el cruce de camino, un camión de 16 ruedas cruza el camino al momento de la Harley Davidson lo pasaba sin prestar atención. Un gran sonido de ruedas. El camión se torna de costado mientras la Harley, giraba como un tronco por debajo de él.

Te dije que iba a venir. Ambos se desvanecen en el aire.

Los de abajo

Es de noche. Los ancianos duermen. El hombre, inquieto se encuentra.

-Estaré soñando o me parece, dice, entre dormido y afectado por la fiebre.

La mujer ni cuenta se da. La cama se encuentra a medio metro del suelo dando un círculo completo. La ropa que dejaron al acostarse, sobre su cabeza bailan al son de una danza macabra. Arrodillado al lado de ella, Mandingo le susurraba, mientras que en la quietud de la noche, con su cola giraba la cama como jugueteando. En el piso, 5 velas rojas encendidas se hallaban formando un círculo perfecto. En él con pintura roja, otro circulo y dos triángulos equiláteros dibujados.

-La culpa de lo que les pasa, es por lo de abajo, la voz susurraba melodiosamente.

El que nunca fué

Era una sala inmaculada, hermosamente bella. En el centro una mesa de operaciones. Las paredes sin rasgos distintivos, completamente blancas, así como el techo.

Sobre una de éstas últimas un gran ventanal. Tres hombres vestidos en túnicas blancas, alrededor de la mesa.

En ella, un bebe dormido se encontraba. El jefe de ellos, con la mano izquierda sobre el cuello de pequeño la pasó de izquierda a derecha. En el mismo, se encontraba enroscado una especie de cordón umbilical. Luego volvió a realizar el gesto de derecha a izquierda con la misma mano, al tiempo que con la otra la pasaba por su cabeza. La forma de pasar la mano derecha, fue desde los pelos incipientes, hasta su papada de arriba hacia abajo. El cordón desapareció.

El bebe abre los ojos y un hombre, que se encontraba sobre su regazo, lo lleva al ventanal, pasa a través de él.

Sus padres se encontraban. Hay una sonrisa de felicidad en ellos, la mujer lo toma en los brazos y se desplazan por el corredor en que estaban por el aire. Una puerta se abre, y una luz enceguecedora los baña.

María, se despierta sobresaltada de la cama. De una edad de 25 años, delgada, sin rasgos distintivos, salta de ella.

-Martín, Martincito, ella logra decir en voz ahogada

Hacía 36 horas que había perdido su hijo en el parto, cuando daba a luz. Se estaba reponiendo.

Sannyville

Era un día extremadamente soleado, un tanto caluroso, sin llegar al extremo de sentirse sofocado. Una brisa fresca procedente del norte, se dejaba sentir sobre las copas de los árboles. Sannyville como se denominaba el pequeño pueblito, se encontraba ubicado en medio del Valle de Santa Elena, enclavado entre 2 macizos montañosos.

La gran nave se desplazaba suavemente y silenciosamente. Las luces de los pasillos que comunicaban a las recámaras de los cosmonautas, se encontraban adosadas a cada pared del corredor.
La nave se ubicaba en una posición geo-sincrónica entre el gran gaseoso y la luna de un diámetro de unos 2700kms.

Sannyville, era un lugar plácido conformado por casitas al estilo holandés, rodeada de jardines, pulcramente arreglados, donde los habitantes se movían en bicicletas. Lleno de parques. El centro poseía “La Gran Manzana” como se le denominaba a la plaza principal que ocupaba una manzana. En la esquina norte, sobre la izquierda la Catedral Mayor”. Sobre la calle de la izquierda “El Ayuntamiento” que daba sobre la mitad. A la derecha, la única comisaría de Sannyville.

Los pisos eran estrellas perfectas cuyo centro estaba unido por tres ascensores. La nave estaba conformada por 8 pisos. El más alto de todos, la cabina de mando. Los tres más bajos, bodegas de almacenamientos numerados.
El piso inferior a la sala de mando, la recámara de los cosmonautas. El tercer piso, la sala médica conformada por gabinetes sellados, contiguos.
El cuarto, era utilizado para los vehículos de transporte de personas, cuando necesitaban o bien ingresar a la atmósfera de una de las lunas del gran gaseoso del sistema planetario, o bien, para una exploración EVA, dado la colisión con algún que otro meteorito.

Una científica en el hospital de Sanyyville el único que se encontraba en una de las calles laterales a “La Gran Manzana” comienza a soñar con que su bebe de un mes y medio no era terráqueo y que fallecía.

Los geólogos se encontraban extrayendo muestras de silicio del suelo lunar, cuando, en un habitáculo de la cueva donde ellos trabajaban con equipos para exploración EVA, encuentran un musgo rosáceo que parecía inflarse y desinflarse.
Se toma muestra del mismo y lo llevan a la nave nodriza.
En un microscopio electrónico con una gran capacidad, detectan vida en los sílices que conforman las células del organismo. Lo ponen a incubar.

La científica moría dando a luz un feto de un mes y medio.

En ese instante, sacan del vientre materno de la geóloga una especie de vida medio humana medio alienígena. Al estudiar la nueva forma de vida detectan la sangre de color rosasea y gelatinosa, con contenido de sílice y sangre humana.

De ahí en más comienza la pesadilla de los cosmonautas que había ido a la luna del gran Gaseoso para extraer sílice, caso contrario debían cumplir pena de cárcel por largos años, en Talaza. Esta última, una luna del Gran Gaseoso como se denominaba al planeta de 8 kms de diámetro que orbitaba a 7 horas, 30 minutos de 25,200 kilómetros del gran planeta gaseoso.

Sanyyville, era el centro de recreamiento artificial de la nave Ploteo que circunnavegaba en una orbita geo-estacionaria entre “El Gran Gaseoso y la luna que se encontraba orbitando a una distancia de 37,200 kilómetros.

Tierra, aquí Tierra

La nave se encontraba en una órbita geoestacionaria baja. Era un enigmático mundo helado girando en torno al planeta. Los equipos de detección y análisis geotérmicos detectaron un movimiento inusual en su superficie. Una pequeña nave con cuatro cosmonautas salen de la esclusa Número 7 del módulo madre. La mitad del horizonte era cubierto por la luna y sobre el acimut de la nave, el planeta gaseoso se perfilaba oscuro y enigmático.

-Aquí Halcón, procediendo giro de descenso de 30 grados latitud norte, 20 sur, el piloto trasmite a la madre nodriza.
-Entendido, por el altavoz suena.

La geóloga mira por la ventanilla de estribor. Una suave bola de billar compuesta de hielo cubre su vista. La ventanilla de babor, un semicírculo verde oscuro se perfilaba amenazante.

-Procediendo etapa final de contacto con superficie. La nave logra posarse sobre el fondo del acantilado, denominado Newton sobre el polo sur. La oscuridad es completa, solo es iluminado por las luces del panel de control.

-Procediendo apertura esclusa. La puerta de la nave exploratoria se abre como una mano para arriba.

A 50 metros sobre la izquierda la gran cordillera newtoniana se encontraba oscura. Sobre un manto de estrellas, el gran gigante verde del planeta se hacía ver en toda su magnificencia. La geóloga toma contacto con la superficie fría de la luna.

-Comenzando desplegar instrumento exploratorio de superficie, resuena en los parlantes de la nave nodriza. Los cuatro cosmonautas comienzan la rutina que tanto habían trabajado. Despliegan los grandes focos de luz y los paneles solares de los instrumentos de medición.

En ese instante, cuando comenzaba el amanecer lunar, en el horizonte comienzan unas fumarolas verdes-coralinas a hacerse sentir. El sol, comenzaba su lento despertar.
La superficie fría comenzaba a sacudirse fuertemente, las rocas de hielo caían por todos lados, una gran lagartija, del fondo del lago sale a superficie movida por el estruendo.

-Juan otra vez, mi esposa me dice, me despierto bruscamente. La mano de ella me sacudía violentamente. Me encontraba en mi departamento durmiendo en el dormitorio.

Oh Paula, mi Paulita

Fue una época tumultuosa la que os paso a relatarles. Los milicos habían bloqueado las calles laterales a la avenida donde la manifestación se daba. Le griterío se hacia sentir por todos los lados.

-Hola hermano, la voz se hacía sentir, al principio bajo, luego mas alto.
-¿Francisco? Pregunto.

Las pancartas, los caballos de los militares y los coches blindados con una manguera de agua se encontraban a una cuadra antes de la manifestación y otra al final de la misma, diez cuadras más abajo. Por los laterales de la avenida milicos a caballos y chalecos antibalas, cascos y escudo antipiedras.

-Bien y tu, le digo a mi hermano Francisco.
-Paula quiere hablarte. Paula es la esposa de mi hermano, mi cuñada.
-Bueno.

Una bala de gas lacrimógeno cayó en medio del gentío. El desbande se hizo general, los a caballo, a galope tendido contra ellos arremetieron. Los coches bomba como le decíamos en aquella época a los que tiraban agua por el techo, los blindados, arrasaban a la multitud.

-Te puedo pedir un favor? Paula me dice.
-Claro
-¿Quisiera ver a mi familia?

En medio del desbande general una muchacha de unos veintitrés años cayó a los pies de los caballos. Fue detenida, tomada de los pelos y llevada al cuartel general de los milicos.

-¿Qué te pasó Paula? digo.
-Mira, nací en La Figurita
-Fui tupa como lo fue tu hermano.
-¿Y…?

Días después sin dormir ni comer, a la muchacha dos milicos la sacaron de la celda de los pelos y fue sometida al “submarino”. Una especie de tina que de la cabeza con las muñecas atadas atrás, era hundida hasta que le faltase el agua.
-¿Quiénes eran, le dijeron.
María soportó estoicamente. Fue devuelta a su celda. Una voz por los parlantes de los pasillos:
-Ya sabemos quienes fueron, la muchacha lo dijo.

-Tuve un hijo cuando la crisis del 73, Paula me comentaba.
-Tenía 20 años.
-¿Puedes interceder ante “El” y pedir si puedo ver mi familia.

-Un momento María... (Silencio)
-Corto la comunicación Paula; “El” dice que te va a hablar.

Los tupas seis meses después le habían arrebatado al bebé de una familia de milicos y se lo entregaron a la madre de Paula.
Ve a su anciana madre desde arriba, y en sueños cuando menciona su nombre, asimismo como fue criado su hijo, recordándole quien fue Paula, a trabes de fotos y relatos de la ahora anciana madre. El hijo ahora posee unsos 44 años.

Los Henderson

La luz del semáforo parpadeaba intermitentemente, en el cruce de vías, cuando éste era azotado por una ráfaga de costado. El agua de la lluvia era tal que no permitía ver más allá del metro y medio. La carretera solitaria se encontraba. Un rayo a lo lejos ilumina la zona, una escena fantasmagórica se visualiza en un instante. Ni un alma en la carretera.

-Miriam dale apurate que llegamos tarde, le decía Juan su esposo, nervioso por el evento.
El vehículo sale de la cochera de su casa con un retraso de diez minutos de lo previsto.Toman al norte por la I20 hacia San Juan de Toledo, sito a veinte kilómetros de su hogar. Parecía que iba a llover pero hasta el momento, esto no se había dado.

Cuando el rayo iluminaba la zona, una nube blanquecina tapa el granero al costado del la vía a unos ciento y algo de metros al este. La casa de los Henderson al oeste, veinte metros del cruce de vías para el otro lado se hace ver. Por el efecto de la lluvia y la forma de los ventanales, como su puerta de ingreso, conjugaban para que dicha casa pareciera una cara con una risa macabra.

El vehículo de los Benavides, toma la primera curva para salir del pueblito perdido en las montañas, cuando las primeras ráfagas de viento azotan al mismo lateralmente ocasionando un giro inesperado, que el chofer hábilmente lo contrarresta.

La oscuridad es total en el cruce de vías. El silencio campea por la zona lindera al mismo.

Miriam, una mujer regordeta de unos treinta y tantos largos se terminaba de maquillar, mirándose a trabes del espejo retrovisor, mientras Juan comenzaba a aspirar una bocanada proveniente del cigarrillo que había encendido. Todo sucede cuando la primera ráfaga de viento imprevista se da.

No pasaron más de tres kilómetros por la carretera desolada, inusual a esa hora de la noche, cuando las primeras gotas de la tormenta azotan el ventanal frontal del vehículo.
-Me parece que hay lluvia para toda la noche, Juan le decía a Miriam. Esta revisaba en su cartera, donde había las servilletas de mano. Quería retirar una mancha del labial, que por causa de un bache en la carretera no había podido terminar con su tarea de maquillarse.

Al pasar la curva de San José, una baca se les mete en el camino, obligando al vehículo girar de costado, pero sin llegar a volcar. Queda detenido.
El corazón de Juan late fuertemente, baja la ventanilla de su lateral para ver que fue lo que obligo al vehículo salirse de su curso. Una ráfaga de viento se hace oír con fuerza.
Parece una voz.
-No llegaran al cruce de vias.
-¿Quién dijo eso?
-¿Miriam oiste?
Ella nada, con su mano izquierda sostiene el celular que el vehículo poseía y seguía hablando. Lo mira como si tal cosa.
-¿Qué…?
Juan retoma el camino.

Al comenzar a llegar al cruce de vías la lluvia arremetía contra el vehículo con tal fuerza y voracidad que tuvieron que disminuir su velocidad.

Hay una recta de unos doscientos metros desde la última curva y el cruce de vías, donde el coche se detiene. Se encuentra en un puente de madera donde el río San Juan bullía con toda su fuerza, y el agua corría por entre los maderos.
-Maldito lugar para detenerse el vehículo lo que me faltaba, piensa Juan.
Se baja del vehículo, en ese lugar perdido quien sabe donde.
El viento lo zarandeaba de un lado a otro. La luz del semáforo parpadeaba intermitentemente, en el cruce de vías, cuando éste era azotado por una ráfaga de costado. El agua de la lluvia era tal que no permitía ver más allá del metro y medio.
Cuando el rayo iluminaba la zona, una nube blanquecina tapa el granero al costado del la vía a unos ciento y algo de metros al este. La casa de los Henderson al oeste, veinte metros del cruce de vías para el otro lado se hace ver.
Una brisa helada y blanquecina se hace presente. Una cara fantasmagórica se hace presente. El vehículo se zarandea de un lado a otro y al agua del San Juan cae de punta.

-Te dije que no llegarías al cruce de vías.

El Ñacurutú

Me acuerdo un día de vacaciones, me hallaba en la Casa Quinta, la finca de veraneo que poseíamos en Rocha. La casa era de construcción rústica de dos plantas hecha de troncos y techo de paja.
Al entrar un gran estar, muy amplio. A su derecha se encontraba la cocina. Frente a la puerta sobre la pared opuesta, una gran estufa de madera, que acostumbrábamos cocinar, poniendo un brasero. Al costado de la pared de la cocina del lado del estar, una gran escalera de madera rústica. Allí los dormitorios, el de nuestros padres en la esquina derecha, en el medio el baño, y otro dormitorio siguiendo la línea del corredor. Al final de éste, el estudio de papa.
El corredor poseía una pasarela que cuando nos asomábamos, veíamos todo el estar, en el piso abajo.

-Cuidado, te va a jalar pa bajo el Ñancurutú. La voz sonaba grave.

El estar se componía principalmente por una gran mesa rectangular en el centro. Sobre la estufa de madera, se encontraban fotografías de nosotros. En la chimenea la cabeza de un gran jabalí cazado mucho tiempo atrás en una excursión de caza.
La casa se encontraba rodeada de árboles, que cubrían el frente y los laterales de la misma. Grandes ventanales poseía y teníamos luz natural desde temprano en la mañana hasta la tardecita, dada la ubicación respecto al sol.

-Cuando la luna llena, donde las Tres Marías, las estrellas del sur estén sobre el cenit.

Detrás de la casa de veraneo, un camino serpenteante que daba a la playa, que daba sobre el océano atlántico.
Disfrutábamos con mis amigos, andando en bicicleta por los caminos de tierra que daban hacia los médanos de la playa.

-El Ñancurutú, te va a jalar pa bajo.

Nunca le hacíamos caso al folclore que representaba el Ñancurutú, pues jamás habíamos apreciado en nuestra corta vida a que se refería el Ñancurutú. La gente de la zona, aquella que vivían todo el año, muy anciana por cierto, tenían anécdotas escalofriantes que nos reíamos como si fuesen cosas de viejos lugareños.

Esa noche de verano, la Tres Marías, las estrellas del sur, sobre el cenit se ubicaban.
Yo dormía placidamente. En el dormitorio, mi hermano se encontraba.
Siento que me jalan, de la cintura para abajo y como si fuese una aspiradora me voy disgregando en medio de la noche
-Socorro.

Me despierto en medio de la noche invernal, junto a mi señora en mi departamento en la ciudad. Ya soy un hombre con dos hijos: Manuel y Sebastián. Doce y nueve años respectivamente. Ana María, mi señora pregunta:
-Juan. ¿Qué te pasa?
Sentado en la cama y una gota de transpiración por mi mejilla izquierda digo:
-El Ñancurutú.
Voy al cuarto de los niños, Y éstos no estaban. Sobre la pared, escritos en sangre:

-Te dije que iba a venir.

La tia Mercedes

La habitación donde me encontraba era el de un hotelucho de mala muerte, metida en el corazón de la gran metrópoli.
En la misma, sobre la pared opuesta a la puerta que da al pasillo, una cama de una plaza. Sobre la pared lindera a ésta última, un gran ropero con un espejo, que lo que menos reflejaba era la imagen de uno. Al lado del ropero, una puerta de hierro oxidado se hallaba. Es el retrete.
La pared frontal a la del ropero, una pequeña terraza que daba a un callejón sin salida. Las paredes de la habitación lo que menos tenía era una mano de pintura.

Como llegue hasta ese lugar, no lo recuerdo. Se que hace mucho. Siento presencias a mí alrededor. Me observan.
Cuando me cambio de ropa y me miro al espejo, me veo como soy, con la ropa vieja de siempre y mi cara escuálida.
De repente todo se me oscurece a mi alrededor, y en el espejo veo una gran mansión con jardines a su alrededor, sol, un unos niños jugando y columpiándose.
Hay grandes árboles en los jardines, estatuas de ángeles en mármol y muchas fuentes.
Siento la risa de los mismos. Muero por reírme como ellos, pero no puedo por más que lo intente. Cuanto daría por hacerlo. En mi cabeza siento un canto, que me atrae como un imán.

Observo la imagen en el espejo, y los niños ahora están alrededor de la gran alberca que se encuentra en la parte posterior de la mansión.
Una mujer de unos treinta y tanto de años, rubia de tez morena como el azabache se hallaba cantando y dos hombres a su alrededor. Los niños, junto a ellos sobre la mesa de hierro, al costado de la gran alberca se hallaban
No me puedo resistir, me acerco más a la imagen, y veo el agua.

-Socorro. Mi cuerpo se desdibuja del hotel.
Mientras mi cuerpo se desvanecía una voz llega desde la imagen “lo tengo”.

La mujer cae de bruces sobre la gran mesa de hierro, y los hombres se levantan
-Niños es hora de irnos, dejen a la tía descansar en paz.
Lo último que recodé, unos ojos de una anciana, dos hombres mirando desde el agua de la alberca y una mano que me jalaba para el interior.

-Bueno, la mujer dice.
-Ahora podremos estar tranquilos, el alma en pena se fue.
 

Los vecinos del 510

El hombre estaba acostado en su dormitorio. El cansancio y las discusiones con su familia, hicieron que éste cayera en un letargo total. Stress o virus, los matasanos diagnosticaron.
El vecino del 510, caminaba viendo vidrieras con su esposa. En cierto momento, le dice “me mareo”.
El hombre del 510 en ese instante, saltaba en la cama con convulsiones.
Maria, la esposa del vecino le dice “sentémonos”.
-Querido, es solo cansancio, la mujer del 510 le decía a su marido en dicho instante.
El vecino del 510 le dice a su esposa “nuestro apartamento..”

En el apartamento del vecino en el instante que el hombre entraba en convulsiones levitaba en el dormitorio de su hijo, el pequeño durmiendo en su cama.
Debajo de la cama de dormitorio del 510 donde el hombre se convulsionaba, unas velas encendidas y dos muñequitos con clavos, se encontraban.
En los muñequitos, dos nombres: “los vecinos del 410”.

Socorro

El vehículo derrapó sobre la calzada, dando tumbos pasó girando de costado a dos peatones, que sobre la grava se hallaban pidiendo un aventón. Tres vueltas en el aire éste dio. Con las cuatro ruedas al aire, meciéndose como una cuna al golpear contra el mojón izquierdo del túnel, quedó.

Un humo negro proveniente del motor comenzó a brotar. La mujer de unos treinta años, rubia, delgada de cabeza al piso se encontraba. Desesperada trataba en vano de desprenderse el broche de seguridad del cinto que cubría desde el hombro izquierdo a su cadera del lado derecho. Las llamas comenzaron a brotar en el panel del vehículo que seguía meciéndose.
El olor a quemado paulatinamente comenzó a fundirse con la carne quemada de sus extremidades inferiores.

Un grito desgarrante se hizo oír en la oscuridad de la noche.
Paula, la mujer de unos treinta años, rubia, delgada de golpe se sentó en la cama y una gota de transpiración por su mejilla izquierda comenzaba a surcar.

El anciano y yo

La canoa serpenteaba placidamente por el lago. La estela de la misma dibujaba su contorno a medida que esta se desplazaba por babor. Las ramas de los árboles golpeteaban la proa de la misma.

El hombre anciano remaba lentamente, sobre su costado una carabina de gran poder de fuego descansaba. El se encontraba en la popa.

Me acuerdo que iba en la parte de de la proa, mientras el anciano metía la pala del remo por el flanco de babor yo lo hacía por estribor. Al girar a babor suavemente depositaba la pala de mi remo paralelamente al agua, a su estribor.

-Shh, el anciano me dijo colocando suavemente su remo en la embarcación, y yo haciendo lo mismo, luego de dejar caer suavemente la última gota de la pala del remo sobre el lago.

La pequeña embarcación surcaba los últimos metros, mientras mi mano levantaba la maleza que nos cubría.

Baang, resonó sobre mis oídos y una voluta de humo salió del caño de la carabina. El carpincho cayó del barranco, mientras el anciano depositaba suavemente su arma sobre su regazo. Tomando el remo, lo introdujo a estribor suavemente, como si una mano acariciara suavemente la tez de un pequeño, pero firme induciendo a la canoa un pequeño movimiento hacia delante.

La horqueta de un árbol sostuvo por el cuello el animal, que ante mi vista, pareció desapercibida.

Luego de depositarlo sobre el piso de la pequeña embarcación, llegamos al pequeño embarcadero ya apagándose los últimos rayos del sol.

Ya siendo de noche, a la luz del farol, al frente de la choza nos preparábamos a cenar cuando mi cuerpo se distorsionó como si fuera nubes de humo.

Vuelvo sobre mi cuerpo, luego que el médico depositara por cuarta vez los electrodos en mi pecho, luego de observar con horror la línea que surcaba el aparato de sustentación de vida.

Este, ya se había dado vuelta y sobre mi cuerpo habían depositado una sábana blanca que cubría mi cabeza.

-Bip, bip, el equipo suena, los médicos no llegan a creer. La línea del osciloscopio comenzaba a adquirir forma.

¿Puedo...?

Hola querida, ¿vienes a buscarme?
-Si, pero puedo esperar un rato más.-Atrae el sofá que estaba a mi derecha y enciende un cigarrillo.
-¿Puedo..?
-Eso te va a matar, pero sólo uno. -me alcanza un marlboro.
Miro hacia el cuarto continuo.
-Te acompaño.


Me levanto de la cama y voy al dormitorio de Sofía. Duerme, aunque se la percibe un tanto nerviosa. Esa melena rubia sobre su cara escuálida que tanto me enamoró, cae hacia un lado. Se aprecia mi foto en un portarretrato que pende de sus manos, como si lo acurrucara. Me siento a su lado y la acaricio. Ella siente mi presencia y murmura mi nombre produciéndome un estremecimiento por todo mi cuerpo.

-Vamos, me dice mi acompañante tanto tiempo esperada.
-Si.
Mi figura se desdibuja mientras observo a Sofía por última vez.

Te lo dije

“Te lo dije, te lo dije”, el niño menciona un tanto asustado.

“A sido sólo una pesadilla”, el abuelo tratando de calmarlo menciona.

“No soy mentiroso. Voy a traer una linterna y los vas a ver”.

“No hay nadie en el cuarto”, la voz del abuelo se hace notar.

Mientras tanto la abuela y la hija discuten acaloradamente en la cocina.

“Para, para no aguanto más, lo voy a matar a Julio”, la voz de la madre se hace notar.

“Mama, no puedo seguirte más con lo que haces” la madre de Julito le dice a su conjénere.

En la casa las puertas s e cerraban solas, de las estanterías que estaban n el living caían las cosas solas. Algunos libros giraban en el aire en una suerte de baile demoníaco.

“Mira abuelo, mira”, Hay un demonio debajo de mi cama”. El niño alumbra en el lugar mencionado. No se ve nada, cuando el abuelo se agacha a observar. En ese instante, los juguetes flotan en el aire.

La madre del niño discute acaloradamente con su madre, la abuela de Julito en la cocina. Los sartenes y las ollas a su alrededor flotaban. La puerta que da a la cocina de un golpe se cierra abruptamente.

“Te dije mama lo voy a matar” escucha decir la abuela.

Hacía una noche, que había fallecido la madre del abuelo, y antes que éste viniera del trabajo, la abuela había encendido unas velas rojas. El living había estado cerrado, y unos muñequitos tenían dos nombres y un número de apartamento. En los mismos unas agujas estaban clavadas en ciertas partes de su anatomía.

En el apartamento mencionado, instantes antes, unos seres alados habían envuelto en papel de regalo una figura demoníaca que estaba en el espejo del dormitorio. De esa forma se lo habían devuelto al apartamento de arriba.