Mandingo

Esta historia que os paso a relatar, llego a mis manos en un momento de mi vida ya muy lejano, tan lejano que el tiempo tiene que desempolvar sus recuerdos.
Si mi memoria no me falla, y mi mano se queda quieta de tanto moverse, este cuento comenzaba de la siguiente manera:

Don Miguel el capataz de la hacienda de Don Pascual, un terrateniente que allá por sus épocas de mozo vino del otro lado del atlántico, se dirigía a trote cansino por los pajonales que existen al sur de ésta fronterizo con la comarca de Don Leopoldo.
Dice la leyenda que aquellos que se aventurasen a pasar siquiera por los albores de de los pajonales mencionados, no habrían de volver.
Nadie sabe que motivó a Don Miguel a aproximarse a dichas latitudes de la hacienda, un sentido más allá de la razón le indicaba que debía atravesarlo.
A medida que se aproximaba, un silencio casi tangible se hacía sentir, al principio como si de un murmullo, luego fue tornándose más imperioso a medida que la yegua se aventuraba más y más a trabes de los pastizales que se tornaban cada vez más grandes.
Las nubes que provenían del norte bajaban de la montaña lindera al casco de la hacienda y la noche caía de a poco cual un manto frío por todo el entorno. Estas, las nubes bajaban siguiendo el andar cansino y sigiloso del montaraz, a medida que los pastizales se tornaban más espesos, y se le antojaban como brazos que deseaban asirlo. El día fue dejando lugar paso a paso a la penumbra, y la penumbra los temores de Don Miguel.
Un aullido a lo lejos se hizo oír, y las sombras comenzaban a adquirir forma. Con una mano en la rienda y otra en el crucifijo, rezó un padrenuestro y se aventuró al pajonal.

Si me memoria no me falla y los relatos que en los libros de la hacienda todavía hoy existen, lo que aconteció a posterior de esta manera se dieron:

La yegua a paso cansino, chapoteando por los charcos iba. De las ramas de los arbustos que por allí crecían, las sombras formaban imágenes espectrales; un olor nauseabundo del fondo de la marisma crecía y crecía: las sombras de los arbustos se tornaban cual manos que brotaban del terreno añejo.

Cuando el atardecer se pintaba de negro, una sombra oscura sobre un árbol más viejo que el tiempo mismo se poso sobre él. La yegua, un relincho dio y Don Miguel de espaldas casi se cayo en medio de la marisma que pedía a gritos por su cuerpo.
-Aijuna, maldito, y de entre sus pertenencias sacó un gran cuchillo, arremetiendo contra la sombra a todo cabalgar, sintiéndose el chapoteo de la yegua por todo el recorrido.
La sombra parece ser según los relatos a posteriori del hecho, de un golpe de diesta a siniestra golpeó de lleno al hombre, el cual defendió su bravía como lo que era, un hombre.
Ya repuntando el alba, los paisanos de la hacienda por el nordeste lo vieron salir. Todo magullado y sin la potranca yeguariza, arrastrándose por el lodo, maltrecho, ojeroso, y el poncho todo roto.
-¿Qué le paso Don Miguel? atinaron a decir.
Sin fuerzas y en sus últimas, atino a decir: ¡Mandingo! y su existencia terrenal finalizó.


Yo, el nieto de Don Miguel.