El valle de Santa Elena

El tren traqueteaba lenta y pausadamente a trabes de la montaña salpicada de nubes y abetos. Por momentos parecía que la marcha se detenía, pero era el gran esfuerzo que la locomotora debía hacer para llegar a la cumbre, por encima de las nubes más bajas donde el recodo deba una vuelta en U y el aire se enrarecía a tal punto que sólo los lugareños eran capaces de aguantar la falta de oxigeno.

Nunca se supo porque aconteció lo que debía suceder, hasta ahora.

Salio en todos los titulares del país en primera plana. “Tren desbarrancado en Barra de Santa Elena”.

Juan un hombre canoso de tez blanca delgado de unos sesenta años iba sentado a la derecha en uno de los vagones del medio. Lo acompañaba su nieta, Sofía de doce años delgaducha y escuálida como su madre Ana María.

Compraron el boleto para “San Antonio de Miraflores” al oriente del “Valle de Santa Elena, allá en el valle de Rio Grande.

El “Valle se Santa Elena”, se caracteriza por “La cascada de Don Nicanor” encastrada entre dos macizos montañosos de nominados “Los Colmillos del Diablo”.

Los lugareños denominan al macizo occidental “La lengua occidental del Diablo”, el oriental, que da al valle de Santa Elena “La lengua oriental del Diablo”. Ambos conforman “Los Colmillos del Diablo”.

Un estudio a posteriori de los hechos dieron a luz que una ruptura en el ducto hidráulico de la locomotora se rompió dejando a ésta sin el mismo al fin del recodo que da la vuelta en U donde el aire se enrarecía y “La Barra de Santa Elena con su cascada impresionante se mostraba en toda su magnitud.

Al llegar a la cima y comenzar a voltear de Occidente a oriente la locomotora entera se vino por el barranco, deteniéndose al fondo del Valle de Santa Elena.

Al momento de subir la cuesta de “La lengua Occidental del Diablo, Juan, el hombre canoso delgado abuelo de Sofía le hiba relatando cuentos de su infancia cuando iba con su padre embarcado en el lago que bordea “San Antonio de Miraflores”

Al desbarrancarse el tren en el trayecto estrepitoso de caída sin fin una rama de abedul se incrusta en el ventanal donde estos viajaban separando cual una mano de Dios al vagón del resto quedando suspendido varios cientos de metros más abajo.

En al segunda hoja del periódico de Miraflores figura el vagón mencionado colgando del vacío.

Un helicóptero de doble aspa proveniente de la capital logró sacar de su lugar al vagón en cuestión con sus pasajeros intactos, un tanto magullados, mientras los bomberos y la milicia del lugar trataban de despejar la maraña de vagones retorcidos que daban sobre “La cascada de Don Nicanor”.


Mandingo

Esta historia que os paso a relatar, llego a mis manos en un momento de mi vida ya muy lejano, tan lejano que el tiempo tiene que desempolvar sus recuerdos.
Si mi memoria no me falla, y mi mano se queda quieta de tanto moverse, este cuento comenzaba de la siguiente manera:

Don Miguel el capataz de la hacienda de Don Pascual, un terrateniente que allá por sus épocas de mozo vino del otro lado del atlántico, se dirigía a trote cansino por los pajonales que existen al sur de ésta fronterizo con la comarca de Don Leopoldo.
Dice la leyenda que aquellos que se aventurasen a pasar siquiera por los albores de de los pajonales mencionados, no habrían de volver.
Nadie sabe que motivó a Don Miguel a aproximarse a dichas latitudes de la hacienda, un sentido más allá de la razón le indicaba que debía atravesarlo.
A medida que se aproximaba, un silencio casi tangible se hacía sentir, al principio como si de un murmullo, luego fue tornándose más imperioso a medida que la yegua se aventuraba más y más a trabes de los pastizales que se tornaban cada vez más grandes.
Las nubes que provenían del norte bajaban de la montaña lindera al casco de la hacienda y la noche caía de a poco cual un manto frío por todo el entorno. Estas, las nubes bajaban siguiendo el andar cansino y sigiloso del montaraz, a medida que los pastizales se tornaban más espesos, y se le antojaban como brazos que deseaban asirlo. El día fue dejando lugar paso a paso a la penumbra, y la penumbra los temores de Don Miguel.
Un aullido a lo lejos se hizo oír, y las sombras comenzaban a adquirir forma. Con una mano en la rienda y otra en el crucifijo, rezó un padrenuestro y se aventuró al pajonal.

Si me memoria no me falla y los relatos que en los libros de la hacienda todavía hoy existen, lo que aconteció a posterior de esta manera se dieron:

La yegua a paso cansino, chapoteando por los charcos iba. De las ramas de los arbustos que por allí crecían, las sombras formaban imágenes espectrales; un olor nauseabundo del fondo de la marisma crecía y crecía: las sombras de los arbustos se tornaban cual manos que brotaban del terreno añejo.

Cuando el atardecer se pintaba de negro, una sombra oscura sobre un árbol más viejo que el tiempo mismo se poso sobre él. La yegua, un relincho dio y Don Miguel de espaldas casi se cayo en medio de la marisma que pedía a gritos por su cuerpo.
-Aijuna, maldito, y de entre sus pertenencias sacó un gran cuchillo, arremetiendo contra la sombra a todo cabalgar, sintiéndose el chapoteo de la yegua por todo el recorrido.
La sombra parece ser según los relatos a posteriori del hecho, de un golpe de diesta a siniestra golpeó de lleno al hombre, el cual defendió su bravía como lo que era, un hombre.
Ya repuntando el alba, los paisanos de la hacienda por el nordeste lo vieron salir. Todo magullado y sin la potranca yeguariza, arrastrándose por el lodo, maltrecho, ojeroso, y el poncho todo roto.
-¿Qué le paso Don Miguel? atinaron a decir.
Sin fuerzas y en sus últimas, atino a decir: ¡Mandingo! y su existencia terrenal finalizó.


Yo, el nieto de Don Miguel.

Don Jacinto

Caía agua a borbotones, miro a trabes de la ventana y la montaña que siempre se me presentaba inamovible, parecía desdibujarse a causa de la cortina de agua que caía sobre el alero, el cual sonaba como una campanilla en mis oídos.

El camino de piedra, que conduce al valle 1000 metros más abajo se antojaba una silueta traslucida.

En eso me encontraba, cuando un sonido de nudillos se hace oír a trabes de la puerta de madera de la choza al costado del camino.

-¿Don Jacinto, don Jacinto?, la voz del rapaz un tanto apurada se hace sentir.

-Mi mama, mi mama….

De la mesa de madera que estaba exactamente en el centro de la choza, con una mano adquiero el maletín y cierro la puerta. Corro a la camioneta vieja, que duras penas puede consigo, y en camino me pongo cuesta abajo.

Al llegar a un recodo del camino, sea por el apresuramiento, sea porque tuvo que suceder, esta derrapo y me vi en medio de ramas, árboles, enredaderas y tierra que golpeaban con fuerza la cabina del vehículo.

La camioneta toda destrozada se detuvo al final del barranco, y un cuerpo sobresalía por el costado de la ventana del conductor.

Parado debajo del follaje de un gran árbol, por mi mente pasa “debo asistir a ese conductor”. Intento tomar la mano para saber el pulso del mismo, y esta sigue de largo.

-¿Qué pasa? Me pregunto, una gota de transpiración corre por mi cabeza.

-¿Don Jacinto, don Jacinto…?

Abro los ojos, y mi familia se encontraba a mí alrededor.

-Gracias a dios, el doctor atina a decir, en mi cama me encontraba luego de una enfermedad viral muy fuerte. Como lejos escucho, o me pareció, -un mes, sin conocimiento Don jacinto estuvo.


El cristiano

Un hombre llega ante Dios, luego de una vida un tanto libertina. Ante su presencia, éste le dice al que acaba de fallecer:
-Ha llegado la hora de la verdad, ¿qué tienes para decirme?
-E pecado señor, fui infiel, me acosté con cuanta mujer se me puso adelante, He fumado, bebido y comido hasta saciarme.
-¿Qué más?
-Tuve relaciones con la esposa de mi hermano y la madre de mi mejor amigo.
Dios se queda pensando, y luego de una larga deliberación le dice:
-Te perdono hijo mío, entra al redil.
El susodicho desconcertado lo mira a los ojos y le dice: -¿me perdonas?
Dios saca un proyector y le muestra fotograma a fotograma toda su vida desde el nacimiento hasta la muerte.
En la película al empezar los títulos, el hombre había sido una mujer de vida libertina que cuando llego su momento de verse con el Señor, este le pregunta:
-Ha llegado la hora de la verdad, ¿qué tienes para decirme?
-E pecado señor, fui infiel, me acosté con cuantos hombres se me puso adelante, He fumado, bebido y comido hasta saciarme.
-¿Qué más?
-Tuve relaciones con el esposo de mi hermana y el padre de mi mejor amiga.
Dios se queda pensando, y luego de una larga deliberación le dice:
-Te perdono hija mío, entra al redil.
La susodicha desconcertada lo mira a los ojos y le dice: -¿me perdonas?
Dios saca un proyector y le muestra fotograma a fotograma toda su vida desde el nacimiento hasta la muerte.
En la película al empezar los títulos, la mujer había sido un hombre de vida eclesiástica.