Don Felipe

Cuenta la historia, que allá por la época de Don Felipe, el terrateniente del condado de San Fermín cuando corría los albores del siglo XX, se produjo una serie de hechos que conmocionaron a los lugareños que por aquel período habitaban.

Según cuentan los relatos basados en los hechos posteriores, Doña Paola, una tana oriunda de de la región de Abruzzo, cuando arribó al Condado, su belleza y gracia cautivó a Don Felipe. Era un tanto regordeta en su fisionomía, rubia, alta, y como dirían después locuaz.

Arribó en un sulqui tirado por dos caballos negros y grandes, que apenas dos hombres de buena contextura podían con ellos.
Dicen que éste esperaba su arribo con impaciencia, cuando un aguacero de proporciones épicas se descargó al cruzar la alta montaña, que cubría el oriente del condado, por donde su prometida debía venir.

Según los relatos mencionados, Don Felipe era un español de pura cepa, proveniente de Cataluña, que en su época de mozo, arribó con una mano adelante y otra atrás al Condado de de San Fermín.
Las malas lenguas dicen que éste había conocido a Doña Paola, cuando sus padres visitaron Italia por motivos de negocios en Abruzzo. Por ese período, él era un niño y Doña Paola poseía cinco años menos que él. Otros cuentan que la relación entre éstos se gestó cuando, arribó a la capital, sita a dos días y medio a caballo por alta montaña.
Ya entrado en los primeros albores del siglo XX, doña Paola pasó sus mejores momentos de moza en La Hacienda, una estanzuela de alrededor de unas setecientas hectáreas cuadradas.
Por motivos que Dios sabrá, jamás pudieron procrear un hijo. El tiempo y la rutina fue carcomiendo la relación entre ambos, es así, que paulatinamente Doña Paola fue adquiriendo una especie de desazón en la vida matrimonial, que desencadenó en una serie de hechos fortuitos:

Don Felipe, tenía relaciones con las criadas de La hacienda; Doña Paola vivía recluida en la alacena sur, que daba a un recodo del río San Sebastián; El terrateniente se pasaba largas jornadas que duraban días fuera del casco de La Hacienda; los empleados que estaban para las tareas dentro de ésta, se pasaban entre chismes y chismes.

Es así, que un día estando en ese período de melancolía, él se presentó en la alacena mencionada, encontrando quién en otra época fuese su amor, con el hijo del capataz.
Fue así que Felipe en un momento de arrebato de furia, tomo su revolver y descargo dos proyectiles en la cabeza del amante de turno y mató a su esposa en el camino, estando ella en paños menores en la cama.

Ahora La hacienda ya no existe. Pasó mucho tiempo. Don Felipe abandonó su trabajo y dejó venir abajo lo que tanto forjó en su vida.
Quien pasa por esos terruños, solo encuentra descampado y desolación. De lo que fuera en su período La hacienda, queda solo los cimientos esparcidos por el pasto.

Hubo quien, que dijo que vio a Don Felipe merodeando por los bajos de la capital, como alma sin pena. Otros dicen que se volvió en barco a su país natal, España. La cuestión es que de este hombre, solo él y el tiempo darán cuenta.