El reino de las bestias

-Papi, ¿me cuentas un cuento? -decía Marisita acostada abrazando su osito de peluche.

Me siento a su lado, le doy un beso en la mejilla, cuando deposito el vaso de agua sobre su mesa de dormir; me siento a su regazo en la cama.

-¿Qué quieres que te cuente, amor?

-El reino de las bestias.

-Es tarde debes dormir, mañana tienes que levantarte temprano

-Pero Papa, siempre me cuentas un cuento antes de dormir -por favor.
-Bueno, pero luego a dormir.

-gracias papi -me da un abrazo con esos bracitos que no cubren mi cuello, pero me hacen sentir que el corazón explota de alegría.

Ella se acomoda en su camita, abraza más fuerte su osito de peluche y me mira con sus ojos verdes como los de su mamá. Le abro el librito y comienzo a leer.

-Había una época, mí querida Marisita en un reino muy lejano -tan lejano como el tiempo mismo en que la historia de este relato comenzaba así:

Hacía frío, un frío que traspasaba los huesos, el animal agazapado tras un montículo estaba por dar el ataque final contra su oponente, cuando un ruido muy lejano rompió la monotonía del ambiente. El adversario giró hacia su derecha y raudamente salió disparado; en la espesura del monte se perdió.

Acomodo mis lentes, la miro y le sonrío.

-Sigue, sigue -me dice.

-Como te decía, en la espesura del monte se perdió.
-¿Y que pasó?

-te cuento, princesita mía.

Amanecía. La escarcha bañaba el lago. Al costado derecho, una playa de arena bien clara; sobre ésta, el monte la cubría; la niebla tapaba la imagen.

El animal hacía rato que no estaba; en la lejanía el grito de un ave de rapiña se dejó escuchar, el bancaptis se comenzaba a despertar.

Desde la espesura un velociraptor asomaba la cabeza, oteando a derecha e izquierda a la playa se dirigió; el agua mansa bañaba la costa, y con cada baño una familia de aracnireptor se descubría.

Una familia de unos doce velociraptor devoraba a éstas, en una especie de baile a causa del movimiento de las olas.

La miro de reojo y ella acurrucada con su osito de peluche entre sus brazos, me dice -¿y que pasó?

Cuando los velociraptor devoraban a éstas, un ave de rapiña se descolgó de los aires, procedente de un peñasco que sobresalía desde el interior del lago. Se dirigió derecho al grupo, que absortos en su banquete, desconocían el temor que desde el aire se avecinaba.

El ajetreo en la selva comenzaba así a adquirir forma, los carnosaurios se hacían oír, desde la espesura del monte.

Cuando el golpe mortal se iba a dar, dos árboles añejos como el tiempo se resquebrajaron, dando paso a dos mandamsaurios en plena disputa por el espacio que amos pretendían ocupar; la lucha de éstos dos gigantes cortaron la embestida que por el aire arremetía el ave de rapiña, y el desbande se tornó general.

Ya se chupaba un dedo, y entre dormida y no dormida, me miraba con esos ojos soñolientos. Me sonreí y le di un besito en la mejilla.

El día era sereno cuando todo aconteció. Los mandamsaurios en plena trifulca hasta el lago llegaron, y cuando el grande iba a dar el golpe final contra el chico, un tiburocaptor, desde la orilla, con un cerrar de dientes al mandamsaurio mayor cercenó la mitad de su cuerpo.

Ella ya dormía. Pero seguí relatándole el cuento.

Aguilasplex surcaba el cielo batiendo sus alas, tan grandes que una sola ocupaba la vista de un observador solitario; peleaban entre ellas por el poco sustento que al parecer existía en el hábitat.

Pero los carnosaurios se mantenían expectantes en pro de alguna carroña, que pudiese surgir.

Me inclino suavemente, beso la mejilla de Marisita, le acomodo el acolchado y le apago la veladora.

Cuando estoy por cerrar la puerta del dormitorio, la miro y la veo placidamente dormida. Opto por entrecerrar la misma dejando la luz del corredor encendida.

-- Fin --

Moraleja: Cuídate más de los extraños, que tu de ti mismo; ya que la envidia florece de donde menos esperas.