La pincelada de Dios

"Vamos, vamos, no te quedes atras, acelerá" me decía Daniel. El auto apenas subía la empinada cuesta de la ruta que bordeaba la montaña. Desde mi lado veía un gran precipicio a medida que el coche a duras penas subía el escarpado. Por el otro lado de la ventanilla se veía una pared de granito que formaba la montaña en si. De mi lado, el borde del acantilado estaba salpicado de nubes bajas que cubrían el valle.

Con los últimos estertores del motor, el coche se detiene al final de una curva donde había una casa de adobe y paja. Teresa y Adriana dos campesinas del lugar vendían desde melocotones, hasta todo tipo de frutas tropicales, así como brindaban un refrigerio para los transeuntes ocasionales.

Era paradisíaco. Al costado de la casa de adobe se veía un valle salpicado de abetos. Daniel me decía "vamos Ruben a comprar unos melocotones y de paso tomar algo".

Nos sentamos en la mesa, atrás de la casa de adobe y paja, asi pudimos contemplar el paisaje. En el fondo, allá a lo lejos en el valle se veía el lago.

Un omnibus atestado de pasajeros, bajaba la cuesta por donde veníamos. Era amarillo, y en el techo estaba salpicado desde gallinas, valijas y las cosas que sólo en ese lugar podían apreciarse.

Le dije "Que lugar Daniel". Nos encontrabamos en la cima donde Dios pincelo el mundo. Era el eden versión humana.