Maria Magdalena

Capítulo 1- El preámbulo

La noche era un tanto cálida sin llegar a ese extremo, donde el calor afecta el comportamiento, un tanto tarde en la noche si se pudiese decir. María Magdalena una mujer de unos 40 años, aún así tirito. Un estremecimiento un tanto brusco corrió por su delgado cuerpo.

Al llegar a su casa un tanto humilde, barrio de gente trabajadora, un vestigio de temor cruzó por todo su cuerpo aún así entró.

“Carlos, Carlos llegue amor” Maria Magdalena dijo al llegar a su hogar despojándose de su tapado de cuero.

Silencio en la casa, va a la cocina aún si lavar desde la mañana, platos sucios por doquier, una botella de vino abierta sobre la mesa de la misma.



Con su paso cansino se dirige al dormitorio, para sacarse su ropa y darse una ducha reparadora.

Al abrir la puerta del dormitorio encuentra a su esposo Carlos, un desempleado más, con una mujer de 20 años en su lecho matrimonial.

Corre, toma su saco de cuero, una mochila con unas pocas pertenencias, cierra la puerta y se retira de su casa con la cabeza pensando mil cosas diferentes y al mismo tiempo iguales.

Capítulo 2.- La estación de tren.

María Magdalena, la de los pasos cansinos y su andar cadencioso arriba a la estación de tren, entra al mismo y se dirige a la boletería más cercana. Una lágrima parece nacer de esos ojos cansados y ojerosos que demuestra una persona cansada de la vida y su cotidianeidad.

“¿Si, a donde “ escucha decir, pero ella abstraída y perturbada por lo que tuvo que pasar luego de un día agotador, un día mas de su penosa vida, con un tono monocorde y más como para si atina a decir: “Lo más lejos posible”.

Es así que María Magdalena, la de los pasos cansinos y su andar cadencioso, vestida con su saco rojo y tapado de cuero, saca el boleto para la ciudad más cercana al infierno.

La estación a esa hora era un mundo de gente que iba y venía. María Magdalena con su porte humilde y manos ajadas de tanto trabajar de golpe se encuentra entre gente que de topetazo la vapuleaban mientras otros se desviaban ante su presencia. Ella abstraída en su pensamientos no se daba cuenta de lo que acontecía a su alrededor.

Es así que sentada, esperaba María Magdalena mirando al vacío abstraída en sus pensamientos esperando el arribo de ese tren que la llevaría a la mismísima puerta del infierno.

Capitulo 3. El acontecer de los hechos

Como toda pertenencia, una humilde y gastada mochila, unas botas negras que no alcanzo a sacarse cuando quiso asearse en su casa.

Aún denotando esa palidez típica de ella, esos ojos ojerosos y hendidos manifestaba a una mujer elegante, aún a pesar del transcurso de sus años, y aún evidenciando su condición humilde María Magdalena mantenía su compostura.

El tiempo en su transcurrir lánguido manifestaba a su pesar el transcurrir de la vida en una estación de trenes. Niños con sus madres se sentaban a su lado, otros tomando un refresco miraban esa vía por el tren que se hacía esperar y desear.

Pasó el tiempo.

Capítulo 4. Lo que aconteció al final.

“¿Perdón, se puede? escucho Maria Magdalena la de los pasos cansinos y andar cadencioso. Sin ánimo de hablar con un movimiento de cadera cruza una pierna sobre la otra, mientras su pelo ondulado de color rojizo se mece al viento, y se corre de lugar sin mirar siquiera.

En su movimiento tan sutil como femenino, denota un movimiento sensual, que ella ni se percata pero el señor de mediana edad con pelo arreglado y porte de una persona que trabaja en oficinas si lo nota.

“¿A donde va? Dice él.

“A Santa María” contesta ella.

“Mire usted, yo voy justo alla”

“¿A si?”

“Me manda la empresa por un negocio allá”

“¿Y usted?”

María Magdalena la de los pasos cansinos y andar cadencioso lo mira y ……

Esa mirada ... Ana

"Hace frío" dice Ana
"Si" contesto

El alba comenzaba a despuntar.

"Cállate y no hagas ruido" le digo
"Estoy acalambrada" me contesta.

El cielo comenzaba apreciarse.

"Pensá en el bar del tano" le digo.
"Me estoy aburriendo" me dice ella.

Las formas comenzaban a tomar lugar.

"Un café con un plato de comida caliente tomaría ahora" dice ella.
"Mmm, siento el aroma del café, Ana" le digo.


El murmullo del río, nos tapaba la conversación
"¿Aparecerá?" dice ella.
"Si te callas y no pensás en comer" le contesto.

Un rayo de sol ilumina por momento nuestro entorno y se va.

"Una tortilla española, mmm ...que rico" comenta Ana.
"Te dije que te calles o no podremos verlo" le contesto.

El reflejo del sol sobre el agua cristalina se hizo presente por un instante.
Y fue allí que nuestros cuerpos se vislumbraron.

"Tengo ganas de comer" me vuelve a decir Ana y hace un giro con su
cabeza, moviendo su melena rubia mirandome como ida ....
Su cuerpo se encontraba a mi lado.

Sus ojos, su mirada....
"Bueno... " me levanto y le digo "vamos"


El forastero

Cuenta la historia que en el Caserío de San Sebastián lindero con la llanura litoraleña donde se encuentran la Cascada de Fermín, otrora en tiempos pasados se dio una lucha entre clanes rivales por una criolla del lugar.

Los lugareños de la zona del mismo nombre que el caserío cuentan que en las noches se escuchan golpes en las puertas del poblado y, a cierta hora el campanario de la única iglesia que posee el pueblo suena como un lamento. Es en ese preciso instante se da un viento arranchado que arremete contra los tejados del caserío.

Doña Nicanor se encontraba en el portal de su casa tejiendo, cuando un forastero con un nombre extraño y acento de otro lugar se presenta por San Nicolás al mediodía.

El caballo negro y grande, tan grande como el tamaño de un adulto de estatura normal, realiza un resoplido y se para en dos patas frente al portal de la aldeana. De complexión grande, mirada que parecía penetrar el alma, con una cara de color cetrino pálido donde los pómulos sobresalían, vestido de negro, poncho negro y un sombrero de paja todo andrajoso de el mismo color, asi se presenta ante Doña Nicanor y de un salto se apoya sobre la baranda de la casa.

En ese momento las nubes se tejieron de negro y una ventisca se formó inesperadamente sobre la calle sin empedrar.

Con los ojos vidriosos y penetrantes mira a Doña Nicanor que casi se cae de la mecedora donde estaba tejiendo un abrigo para su hijo menor.

El tiempo pareció detenerse. El hombre de negro que se posaba sobre el terreno rojizo de la calle, girando su cabeza en busca de Doña Nicanor.
Los utensilios de tejer que ésta poseía cayendo al piso mientras el codo de la mujer golpeaba el vaso de agua que se encontraba en la mesita.
El forastero que acomodaba el sombrero mientras el caballo tiraba una patada al aire y emitía un resoplido que perforaba el alma de la aldeana.

Doña Nicanor que trastabillaba mientras que con la otra mano se aferraba al pretil de su casa, sus ojos parecieron por un instante salirse de su órbita.

El forastero se detiene frente a ella y dice "Vendré por ti de noche".

De un salto sube al caballo, que al sentir de nuevo el peso del mismo se para en dos patas y con un relincho sale al galope.

El sol del mediodía se hizo presente luego, las nubes desapareceron, y la calle sin empedrar de vuelta quedo sola.

Doña Nicanor prendida al pretil de su casa, y con el corazón en la boca la vieron sus hijos Don Pancracio y Lucrecia murmurando como poseída "Viene por mi, viene por mi, ohh señor, viene por mi"


El desaguadero

Sobre la loma observando el horizonte una obrera de cabeza gigantesca y fuerte mandibula cuidaba la colonia mientras mascaba su alimento, era un soldado. Su contorno era un caos de palillos caídos y hormigas trabajando hasta la vista de la soldado alcanzara. "Buen día para la caza" pensó, cuando de golpe dejó de masticar la hoja que saboreaba y se dió vuelta para entrar a la boca del hormiguero.

Este era un pasadizo perpendicular con galerías laterales sin salidas destinadas al almazenaje en sus profundidades. Estos como cuarto de estar y basurero, cerca de la superficie bullía de obreras cuidando las larbas. Su organización social se podía definir perfectamente como un matriarcado donde la cabeza de la organización era la reina, única hembra desarrollada y fértil.

Casi todas las labores eran realizadas por hembras infértiles, las obreras, que atendiendo a la misma cuidaban las larbas construían y mantenían limpio el hormiguero. Las más pequeñas trabajaban dendro de la vivienda, mientras que las más grandes lo hacían en el exterior.

Al momento de dar vuelta el soldado para ingresar al nido, algo instintivamente lo hizo dar vuelta, algo no estaba bien. Una chinche apareció por el rabillo del ojo, que agazapada esperaba el momento de atacar al nido en pro de su sustento, las obreras.

"Alerta general" la voz del soldado sono fuerte y clara y al instante, una tropa de guerreros se formó para defender la colonia y su reina. Filas enteras se conformaron al instante conformadas cada una por un comandante de pelotón. "Al ataque" salio fuerte y claro de la voz del soldado y el comandante del pelotón central cargó contra la chinche seguidos por los soldados que comandaba.
Mientras esto sucedía, por los francos derechos e izquierdos los comandantes se preparaban para el ataque final de su oponente, la chinche.

Cuando eso sucedía la voz de combate se esparció por toda la colonia y la reina fué informada. Dicha información fue transferida de soldado a soldado, hasta que al comandante en jefe dicha información le llegó. Así es que la reina fué informada.

Mientras tanto en el interior del nido las obreras proseguían con sus tareas sin enterarse de lo que acontecía en la colonia de termitas. Una obrera señalaba a otra un grupo de hojas secas que habían que reducir hasta formar varios montones más chicos. Era la obrera capataz que debía decir que tareas habrían de efectuarse. La obrera que estaba a cargo de las larbas era la que estaba más ajetreada ya que poseía su sequitos de obreras que debían cumplir sus órdenes.
Todo esto acontecía en el mismo instante y la información que controlaba ese caos provenía dela jerarquía mas grande de las termitas, la reina madre.

En el instante que se abordaba el ataque a la chinche, el comandante del flanco izquierdo comenzaba el ataque por el ala del mismo nombre, mientras que el de la derecha aguardaba.
La obrera larba que así se le decía en el nido, indicaba las tareas que debian efectuarse en el cuidado de las termitas bebes. Era el momento que la reina madre daba a luz un zángano, el cual se convertiría mas tarde en una termita voladora.

Cuando trás una reñida pelea la chiche fue vencida, la orden de ingresarla al nido a efectos de procesarla como alimento, fué impartida. La termita capataz finalizaba la tarea del día y la termita larba comenzaba a finalizar las taras de limpieza y cuidado de los recién nacidos.


¿Dónde esta Fortunato?

La calle estaba oscura, caían algunas gotas cuando quería. Un farol se encendía y se apagaba al final de la cuadra meciéndose con el viento como si de una mano se tratara.

El niño dormía placidamente en su cama. La veladora siempre estaba encendida, pues así el sueño se hacía más plácido caso contrario el niño sufría de pesadillas.

Pasada la medianoche, la veladora junto al farol se encendía y apagaba en forma intermitente.
-Toc, toc -se escucho, y el niño en su dormir comenzó a moverse y saltar.

-Mamá, mamá, el grito del niño como un ahogo lejano se hizo sentir.

La madre se levantó rápidamente y acudió en ayuda de su hijo.
Le llamó la atención que el cuarto estuviese oscuro al momento de abrir la puerta. La veladora estaba en su sitio pero apagada, la cama desecha se encontraba. El niño no estaba.

Ella miró por la ventana que daba a la calle y vio, en el alcantarillado que estaba frente a su casa, una luz roja parpadeante que parecía surgir de allí, y que se apagó en forma repentina.

La mujer pensó "debo estar imaginándome", al ver esa luz pero lo que realmente se preguntó fue "¿Donde esta Fortunato?". Al apagarse la veladora Pildorita, el terror mas oculto del niño, se había hecho presente se lo llevó a su guarida, donde el alcantarillado se iluminó con esa luz roja.


La canción de Andrés

Hace tanto tiempo pasado, que ni este se acuerda cuando fué. Era una linda escuela en un barrio de la ciudad, que daba a una esquina, cruzando había una plaza que abarcaba una manzana entera.

Era de mañana me acuerdo hasta el día de hoy, disfrutaba de los recreos y siempre estaba rodeado de amigos.

Un dia no me acuerdo cuando, en el recreo jugaba con mis compañeros a las escondidas. La zona de recreo era un patio grande, y siempre se mezclaban como todo recreo los niños de otros años escolares. Corría riendome mirando para atras, cuando sin darme cuenta me golpeo de frente contra la pared revotando como una pelota de baloncesto.

Hasta el día de hoy recuerdo ese momento dado que se me rompieron los dos dientes delanteros.
La música y la letra de la canción me transportó a la época de quinto cuando me dormí en el pupitre en medio de la clase, y nadie podía despertarme.

Llamaron a mi padre, y me llevó rapidamente al hospital donde el ejercía como médico. Conclusión me operaron de apendicitis.

Uhhh, cuantos recuerdos dormidos, me acarreo la canción de Andrés.


La ciudad del revés

Hace tanto tiempo pasado, que ni este se acuerda cuando fue. Era una linda escuela en un barrio de la ciudad que daba a una esquina, cruzando ésta había una plaza que abarcaba una manzana entera.

Era de mañana, me acuerdo hasta el día de hoy. Disfrutaba de los recreos, y siempre estaba rodeado de amigos. Cuando estábamos en clase, jugábamos al póquer, y discutíamos sobre situaciones tan mundanas como el divorcio , el adulterio. Disfrutábamos de nuestra condición de adultos en la escuela, pero sin preocuparnos ya que nuestros hijos se dedicaban a hacer las tareas del hogar.

Mi maestro tenía 8 años, y 2 veces a la semana venía una practicante muy sexy de 5 años.
La materia que cursaba con mis 30 años era "Como jugar a la pelota sin moverla de su sitio". Era un cuarto de escuela.

Me acuerdo claramente cuando mama me llevaba, dejaba la bicicleta y me despedía con un beso. Ella tenía 10 años y le encantaba jugar a las muñecas. Papa, con sus 14 años trabajaba como médico.

Hasta le día de hoy recuerdo esa vivencia en la escuela en "La ciudad del revés".

La pincelada de Dios

"Vamos, vamos, no te quedes atras, acelerá" me decía Daniel. El auto apenas subía la empinada cuesta de la ruta que bordeaba la montaña. Desde mi lado veía un gran precipicio a medida que el coche a duras penas subía el escarpado. Por el otro lado de la ventanilla se veía una pared de granito que formaba la montaña en si. De mi lado, el borde del acantilado estaba salpicado de nubes bajas que cubrían el valle.

Con los últimos estertores del motor, el coche se detiene al final de una curva donde había una casa de adobe y paja. Teresa y Adriana dos campesinas del lugar vendían desde melocotones, hasta todo tipo de frutas tropicales, así como brindaban un refrigerio para los transeuntes ocasionales.

Era paradisíaco. Al costado de la casa de adobe se veía un valle salpicado de abetos. Daniel me decía "vamos Ruben a comprar unos melocotones y de paso tomar algo".

Nos sentamos en la mesa, atrás de la casa de adobe y paja, asi pudimos contemplar el paisaje. En el fondo, allá a lo lejos en el valle se veía el lago.

Un omnibus atestado de pasajeros, bajaba la cuesta por donde veníamos. Era amarillo, y en el techo estaba salpicado desde gallinas, valijas y las cosas que sólo en ese lugar podían apreciarse.

Le dije "Que lugar Daniel". Nos encontrabamos en la cima donde Dios pincelo el mundo. Era el eden versión humana.


El caserío de Don Torcuato

Era un camino serpenteante entre las colinas del descampado, adelante el camino giraba a la derecha y se perdía en entre dos cerros. Atrás dejaba el caserío que había pernoctado la noche anterior. Conmigo viajaba como muda compañía, mi valija y mi sombrero de paja que me cubría del sol del campo.

El camino era de piedra y cada paso que hacía levantaba el polvo acumulado en él.

El horizonte a lo lejos a mi costado se perfilaba azul, eran los Cerros de San Nicolás. Del otro se perfilaba el arroyito con el mismo nombre que el pueblo que pernocté.

Si uno se quedaba quieto en la mañana tempranera se sentía el murmurar del agua al pasar los cantaros sobre el puente que dividía la entrada al caserío con los campos despoblados de Don Torcuato.

Ese era el nombre de la estancia lindera al caserío. Quien fue Don Torcuato, solo el tiempo y la historia del lugar lo dirá. Unos dicen que Don Torcuato era un tano que allá por 1900 se vino de su Italia natal y se caso con una criolla de la zona, otros no saben su procedencia, pero si dicen que fue el que levantó una iglesia, en honor una plegaria hecha.

Dicen la gente del lugar, que cuando Don Torcuato vivía, el caserío tenía vida, pero luego su descendencia migró para otros lugares. Ahora lo que queda de él, son algunas tapias que apenas logran mantenerse en pie, el herrero, 2 o 3 casas dispersas, la casa de citas y el cura. Ahh, me olvidaba esta el puestero, una especie de almacén, bar, y salón de reuniones para los pocos que se animan a salir de noche.

Las malas lenguas dicen que el puestero, buena ficha resultó ser, en su época de mozo, tuvo un altercado con uno de los hijos de Don Torcuato por una moza del lugar, y se trenzaron con cuchillos. El puestero mató al hijo mayor, dicen ser que fue por amor, y éste lo mando matar.

También dicen que pasó vagando por los Cerros de San Nicolás, que estaba mal del coco. La cuestión es que lo del puestero solo quedó ese nombre.

El cura, fue toda una historia, dicen que el anciano de unos 80 años, que vivía en la iglesia, era hijo de Don Torcuato, y que se convirtió en fraile a razón de la pérdida de un gran amor, por una enfermedad. No se sabe si realmente no fue el cura, el que se peleó con el puestero.

La casa de citas, era en las épocas de don Torcuato donde vivía el puestero.

Los perros, caballos y vacas andaban por el caserío como los pocos aldeanos que allí vivían.

Don Torcuato era el lugar donde dormí anoche en lo del puestero. Ahora sigo andando por los caminos de Dios.

Recuerdos en blanco y negro

En una época muy lejana perdida en el tiempo había un mundo desabitado, un yermo. El fortín estaba inmerso entre las dunas del olvido.
En el horizonte se avecinaba una tormenta, y como un relámpago, de la nada los soldaditos de plomo tomaron vida propia.

"Vamos despiértese sargento, estamos rodeados de indios", me decía el el soldado que estaba de guardia.

De golpe me depierto y de un sobresalto quedo parado al costado de la cama, y comienzo a tomar conciencia de donde estoy. Estaba rodeado de los indios que habitaban el caserío, cuando yo salía de mi inconciencia producto de una enfermedad viral.