Por dos riales

Era de noche ya avanzada cuando veníamos de la casa de los Henderson; comenzaba a caer las primeras gotas de agua a consecuencia del  frente de tormenta que se había formado por el sudeste.  Sabíamos que iría a ser grande a raíz de la ola de calor inusual por esa época del año.

Había comenzado con amagues y ahora parecía que se iría a desatar con toda su furia en virtud de la cantidad de rayos y truenos reinantes.

–Vi como lo mirabas –le dije a Elizabeth, mi mujer– ¿qué vistes en él?

Las ráfagas de viento sacudían el automóvil, aun estando detenido en la intersección entre la novena y la quinta avenida; una cuyo semáforo ubicado en su centro parecía querer salirse de su lugar.

–Un mequetrefe que no vale ni dos riales –Aduje casi inmediatamente sin mirar a mi señora que parecía distante, alejada. Inmiscuida en un torbellino de dudas. Fue cuando di vuelta la cara en su dirección, al lado en la cabina. Un rayo acababa de iluminarnos completamente como capturando un instante de nuestra propia existencia.

Arranqué y doblé hacia la quinta avenida, desierta a esa hora de la madrugada. Las marquesinas de las tiendas se mecían de una punta a otra; chirriaban como una vieja quejumbrosa. La tormenta se había desatado plenamente motivando que los pocos vehículos que transitaban se zarandeasen fuertemente a consecuencia de la ventolina que aunado al aguacero no dejaba margen de error. Solo luces y bocinazos es lo que se apreciaba a nuestro lado. Luces que por momentos parecían venir directo hacia nosotros y por instantes alejarse; bocinazos, callados por el rugido de la tormenta se había descargado sobre nosotros.

–No hables así –Elizabeth miraba al frente como viendo más allá de lo que el aguacero permitía, apenas unos metros más adelante del capot–. No le gusta a Dios.

Hasta ese instante todo había resultado ser un monólogo de mi parte; esa frase me hizo darme vuelta y mirarla. Hasta ese instante no me había percatado de lo silenciosa que ella venía.

“Lo mataré” pensé para mí; fue cuando tuve que frenar de golpe. Un carro dispuesto por la Municipalidad para la basura citadina cruzaba perpendicular a la dirección en la que íbamos, y de no hacerlo, nos daríamos de frente con él. Fue cuando sucedió. Sucedió lo impensable. Elizabeth fue catapultada y detenida al mismo tiempo por el cintillo de seguridad.

 “Cuidado”  llegó a pronunciar ella, pero fue  lo último. La camioneta inclinada de lado se volcaba; arrastrada unos metros terminó su odisea de chirridos y chispas a raíz del roce del metal sobre el pavimento en al intersección de dos calles. Fue cuando el silencio se abatió sobre nosotros. Uno mortal.

–Elizabeth, Elizabeth –fue lo último que atiné a decir. El tiempo había parecido detenerse: frases incoherentes, algo metálico cruzando por mi campo visual, luego ruidos de algo que se arrastraba, la cabeza de mi señora golpeándose en contra de la ventanilla y ésta, la ventanilla, rompiéndose. Luego el silencio.
Posteriormente, sin llegar a tener noción del tiempo transcurrido, voces: “¿se encuentra bien?”, una que se me tornó grave cuando abrí los ojos por un instante; “¿ésta herido?” otra que se me antojó más aguda que la anterior; luces rojas y blancas que parpadeaban delante de lo que antes sería el parabrisas ahora inexistente. Y yo. Yo sobre el cuerpo laxo de mi señora. Quise decir algo pero perdí el conocimiento.